8 | 2017
Juan Ramón Jiménez: tiempo de creación (1913-1917)

Ce volume recueille les communications présentées lors du colloque « Juan Ramón Jiménez: Tiempo de creación (1913-1917) » organisé par Annick Allaigre et Daniel Lecler (Laboratoire d’Études Romanes EA 4385) les 19 et 20 mars 2015 au Colegio de España de la Cité Internationale Universitaire de Paris et à l’Université Paris 8 Vincennes – Saint-Denis. Coordonné par Daniel Lecler et Belén Hernández Marzal, l’ouvrage s’intéresse à une période de création particulièrement intense durant laquelle Juan Ramón a en partie forgé sa poétique. La réflexion s’articule en trois moments. Le premier est consacré à une figure décisive dans la vie du poète : celle de Zenobia Camprubí de Aymar, le second au poète comme traducteur, le troisième, enfin, à l’une de ses œuvres majeures, Platero y yo.

8 | 2017

Hacia la significación ideológica de Platero y yo

Jorge Urrutia


Texte intégral

1El 16 de abril de 1915 se representó en el teatro Cervantes de Sevilla, y parece que a petición del Ateneo de la ciudad, la comedia de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero titulada El Duque de Él.

2Ocho días antes de la fecha, José María Izquierdo destacaba, desde las páginas de El Liberal, la expectación con que se vivía en la ciudad el estreno de la obra. Sospechaba sin duda que El Duque de Él iba a ser una comedia distinta de las habituales de los hermanos Álvarez Quintero. Cuando escribe el artículo, Izquierdo sólo conocía la escena primera, publicada en la revista La Esfera, así como lo que podría ser su germen, el acto segundo de otra pieza de los dramaturgos, La flor de la vida, que habían llevado María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza en el repertorio representado en Buenos Aires el año 1910 (se estrenó allí el 23 de junio), con motivo de las celebraciones del centenario de la independencia argentina.

Image 100000000000070800000A88238FE207.jpg

Fig. 1 – María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza en El duque de Él (Source : Muséo Nacional del Teatro).

3Aquel segundo acto de La flor de la vida transcurre en Sevilla. Los dos únicos personajes, Áurea y Cellini, convertido éste en un falso aristócrata que se hace llamar Duque de Él, sostienen un hermoso diálogo en el que priman la generosidad, la valentía y el amor. Y, sobre todo, un evidente sentido del honor y de la ética. Cellini es un ser libre que, como le dice Áurea, crea el mundo en que quiere vivir y en él vive1. A lo que el galán responde, elegante y entregado: “Como no nací en el único [mundo] que hubiera podido importarme, que es el que yo habría querido ofrecerte en lejanos tiempos, ahora ya, en cuanto me canso de un mundo, salto a otro”. Este idealismo animoso y decidido ofrecía sin duda a los espectadores un modelo para la construcción de un nuevo entorno social.

4Los Álvarez Quintero vieron en ese segundo acto tema para una nueva comedia y a su escritura se pusieron para entregar, de nuevo a María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, cinco años más tarde, El Duque de Él. Los intelectuales sevillanos como José María Izquierdo (autor en 1914 de un libro programático del sevillanismo, Divagando por la ciudad de la gracia) o Felipe Cortines Murube (que en 1916 daría a conocer Elogio de Sevilla), escritores ambos sobradamente conocidos en la prensa andaluza, supusieron que, situada aquella acción en Sevilla, y dado aquel acto segundo de La flor de la vida, origen de todo, los Quintero habrían sabido hacer, desde la reconsideración histórica, una reivindicación de la ciudad auténtica, en la línea que marcaban los planteamientos nacionales de Rafael Altamira y el regionalismo andaluz de nuevo cuño que, por entonces, defendían los intelectuales ligados al Ateneo hispalense que propició el estreno. Al fin y al cabo, los comediógrafos habían dejado entrever que deseaban cambiar la imagen que de la ciudad se tenía, y declarado, ya en la dedicatoria de su comedia El patio (1900), que pretendían “llevar y mostrar por todos los rincones de España, como quien lleva y muestra su mejor tesoro, siquiera sea un pálido reflejo de nuestra calumniada Sevilla”2.

5Consciente del falseamiento histórico habitual del carácter de la ciudad, el importante historiador Rafael Altamira publicó una crítica de la comedia, incorporada por los Álvarez Quintero al tomo vigésimo de su Teatro completo, que integra la obra en

esa literatura patriótica que ha comenzado a producirse en España, principalmente en el teatro. Y cuenta que en el romanticismo iba implícita una resurrección de los valores morales y de la energía que hicieron posible nuestra epopeya de los siglos XV-XVII, que habían de sostenernos en la lucha interna del XIX y que hoy volvemos a reconocer como factores positivos de nuestra colaboración internacional”3.

6Cuando se refiere al valor histórico de la comedia, Rafael Altamira pensaba sobre todo, sin duda, en obras de Eduardo Marquina como Las hijas del Cid (1908), Doña María la Brava (1909), En Flandes se ha puesto el sol (1910), La alcaldesa de Pastrana (1911) o El rey trovador (1912). Un teatro histórico reiterado que le interesaba porque él siempre se preocupó por la psicología de los pueblos y, con ella, por la fuerza de los valores individuales y colectivos capaces de regenerar España. En su libro de 1901 Psicología del pueblo español defendía una psicología colectiva que reposase precisamente, entre otros aspectos, en la “solidaridad de lo presente con lo pasado” y en “el poder inmenso que sobre la voluntad ejerce la opinión que de sí propio tiene el sujeto”. Así, asegura que un

pueblo que se considera a sí mismo como degenerado, como inepto, como incapaz de esfuerzos regeneradores […], es pueblo condenado al pesimismo, la inacción y a muerte segura rápida. Pueblo que cree en la virtualidad de sus fuerzas, o tiene de su valor presente un concepto elevado (quizá excesivo), se atreverá a todo y sabrá salvar las críticas pasajeras y los tropezones accidentales.

7Volveremos más adelante sobre el tema del pueblo. Importa ahora aclarar que, a partir de esos planteamientos regeneracionistas, entiende Rafael Altamira que es necesario considerar siempre el pasado histórico, pues su repudio, “en virtud de que en él hubo errores, […] tiene también la gravísima consecuencia de abandonar en manos de los reaccionarios todo el campo histórico, con la enorme fuerza moral que representa, decisiva en muchos momentos de crisis nacional”4. Por eso, en El Duque de Él, quiero entender que, más allá de la calidad de la pieza y de la gran amistad que lo unía a los dramaturgos5, hallaba Altamira la voluntad de considerar ciertos los valores históricos del pueblo español, recuperarlos y reforzarlos, para levantar sobre ellos la regeneración.

8A poco de estrenarse la obra, en un artículo del 22 de abril, José María Izquierdo parece hablar, aunque por alusiones, de una desilusión:

El dolor, que a los insensibles sólo sirve para aguzar los resentimientos, es para los sufridos el templo que pone a los sentidos en tensión de presentir. Y los que presienten no gozan casi nunca el presente de las fiestas que anunciaron. […] Como si estuviesen en vísperas de un día que no llega, así viven y sueñan, en estos momentos de angustia universal, aquellos que no han perdido todavía la esperanza. […] ¿Es que el juicio y el éxito no serían unánimes? ¿Es que la crítica pecaría de precipitada?

9Podemos entender que se habían dicho muchos elogios previos y puesto muchas esperanzas en El Duque de Él, pero éstas no se cumplieron. Se había llegado, incluso, a decir que la fecha del estreno marcaría una época en la historia de Sevilla. En otro artículo6 dedicado por Izquierdo a la obra de los Quintero tampoco hace crítica alguna. Estima, pero sin atribuirse ningún juicio, “que hay muchos a quienes no convence el arte de los Quintero, y que a ciertas personas ha desplacido la última comedia”. Tras elogiar el conjunto de la producción de los autores, termina la serie de tres artículos con una pregunta que colocaba de nuevo el tema en sus inicios: “¿Cómo se ha juzgado y cómo ha sido recibido en Sevilla El duque de Él?. No sigue ninguna respuesta.

10Resulta difícil, al cabo del tiempo, situar a los autores en el espectro ideológico y político de su época, pero estamos claramente en el pensamiento y la actuación de la burguesía liberal influida por el krausismo, cuya importancia en la Sevilla del cambio de siglo fue tan importante. Entre ella se formó Juan Ramón Jiménez, como he tenido ocasión de estudiar en otra ocasiones y, de forma destacada en la edición de los Primeros poemas7.

11Es sabido que el estudio de las obras literarias puede encararse de modos diversos. Solemos estudiarlas en sí mismas, o en relación con el autor y el resto de su producción, o de acuerdo con los hechos históricos y cómo evolucionan. Ninguna de esas visiones ni otras posibles, como la psicoanalítica, por ejemplo, tienen por qué ser excluyentes. Tampoco la que me propongo en este trabajo, donde no busco formular un modo original de acercamiento y estudio sino, simplemente, comprender en qué corriente o corrientes estética y ética puede inscribirse un texto literario tan importante para la literatura en lengua Española como Platero y yo y, por lo tanto, busco acercarme a su significación en la historia cultural, después de haber hecho el estudio histórico y genérico en la edición crítica del libro, el año 19978.

12Por los mismos años en los que Juan Ramón escribía y luego publicaba Platero y yo, o los Álvarez Quintero estrenaban El Duque de Él, Alejandro Guichot establecía su programa para el estudio de la cultura andaluza, emanado de la labor que había puesto en marcha Antonio Machado y Álvarez. José María Izquierdo publicaba sus visiones de Sevilla y reclamaba un renacimiento cultural que debería sustentarse precisamente sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, José Muñoz San Román9 y Felipe Cortines Murube, al que ya he citado como otro defensor de un nuevo andalucismo. En 1912 se ponen en marcha, pese a las resistencias de Juan Ramón Jiménez, sendos homenajes en Huelva y Sevilla que acaban siendo manifestación de andalucismo, elevando al poeta a la categoría de gloria regional y pidiendo que todas las escuelas públicas de Andalucía le dedicasen un día al autor moguereño. José María Izquierdo dirá de él que es “el poeta ideal de la triste Andalucía […], de la Andalucía recóndita”10.

13No es posible olvidar la diversidad ideológica de estos escritores citados y de otros que están también detrás de las empresas andalucistas del momento. La revista Bética, fundada en noviembre de 1913 y en la que todos ellos están de alguna manera implicados, alma del andalucismo cultural, que pretendía dar “a conocer al pueblo sevillano y andaluz las riquezas artísticas que formaban el legado cultural de Andalucía, y contribuiría al renacer de la región, cuyo estado de decadencia se mostraba patente a cualquier mirada que fuese portadora de sentido crítico y realista”11, se sustentaba gracias al esfuerzo de Félix Sánchez-Blanco, José María Izquierdo, Felipe Cortines Murube, José Gastalver, José Zurita o Manuel Rojas Marcos todos ellos monárquicos y ligados a la propiedad agrícola, católicos y, en su mayoría, políticamente conservadores12, pero a la vez con suficiente apertura intelectual como para comprender la necesaria reorganización del Estado y aceptar entre sus filas a una personalidad tan contradictoria y crítica como Blas Infante, autor del libro El ideal andaluz y teórico del nacionalismo.

14Paralelamente a la conformación de Bética y en relación directa con la labor de sus artífices, se celebran una serie de actos que refuerzan un ambiente de clara reivindicación regionalista. En 1907 Felipe Cortines imparte una conferencia en el Ateneo de Madrid bajo el título “Patria y región”; ese mismo año, Mario Méndez Bejarano pronuncia otra, en el Centro Bético de Madrid, titulada “Idiosincrasia andaluza”; en enero de 1908, Cortines repite su conferencia en el Ateneo de Sevilla y Luis Rodríguez Caso propone en un discurso, el 25 de junio de 1909, la celebración de una Exposición Internacional Hispano-Ultramarina que destacase la importancia histórica y comercial de la ciudad. El primero de mayo de 1913, el Ateneo de Sevilla escucha al líder catalanista Francisco Cambó como mantenedor de los juegos florales13 y unos días más tarde, esta vez en el Ateneo de Madrid, José María Izquierdo pronuncia una conferencia sobre el ideal andaluz, que tuvo gran repercusión y a la que muy probablemente acudiera Juan Ramón Jiménez. Éste no dudará en afirmar su amistad a Izquierdo dedicándole los poemas “A un amigo” y “Claveles”, incluidos en Sonetos espirituales y en Diario de un poeta recién casado, respectivamente. En 1915, Blas Infante publica El ideal andaluz, que dará cuerpo político al movimiento andalucista14. En 1918, Antonio Gallego Burín funda en Granada la revista Renovación, que defiende un andalucismo más contenido y conservador que el de Infante.

15No es cuestión de seguir con este repaso casi cronológico. Importa destacar, eso sí, cómo el movimiento busca apoyar su teoría en la cultura y en el pueblo, especialmente el campesinado. Izquierdo, que era discípulo de Eugenio d’Ors, incorpora, por su parte, y como había hecho Gallego Burín con Granada, la creencia en la importancia del concepto de la ciudad para la conformación del renacimiento andaluz porque

Creemos sinceramente que trabajar por el embellecimiento de una ciudad es trabajar también por su prosperidad económica, por su mejoramiento ético, por su progreso científico, hasta por su perfección religiosa15.

16José María Izquierdo estimaba que los hermanos Álvarez Quintero siempre habían elaborado un “teatro de la realidad”, consiguiendo “la idealidad que tendría la vida sin el amargo expediente de la acción”, hasta el punto de ser algo más que una obra literaria, sino “una realidad de nuestra vida”. Pero El Duque de Él había resbalado hacia el tipismo que más odiaba, con cafés cantantes, gitanos, rejas tras las que hablan las mujeres, fiestas flamencas e historias de celos. De ahí la desilusión que provocase entre los intelectuales andalucistas que buscaban eliminar la imagen de una Andalucía del tipismo. En Divagando por la ciudad de la gracia Izquierdo pareciera referirse a ello cuando escribe:

¿Cabe imaginar siquiera que la intriga folletinesca, o un problema doctrinario sean la trama de un drama aquí donde todo es claro, sencillo, real; donde la acción es lo de menos y donde la aventura más extraordinaria no conmueve […]; donde no pasa nada como no sea el profundo pasar del tiempo […]; y donde el místico y poético optimismo y serena filosofía de nuestro pueblo diluye en una sonrisa o en un cantar todo el dolor de la tragedia […]?16

17Además Izquierdo había visto en el teatro de Marquina, igual que Rafael Altamira, un ejemplo de cómo podía hacerse la reconsideración histórica. En un artículo recogido en el libro …Por la parábola de la vida (1923) explica que es el pueblo quien, en Doña María, la brava, “triunfa sobre un rey sin realeza y una nobleza sin nobles”, e insistía en que no había que buscar en ese teatro “la historia muerta de los eruditos, de los documentos escritos, sino la historia viva, palpitante, que perdura en nuestros corazones y sabe evocar la fantasía de los poetas”17. Blas Infante, en una obsesión historicista llevada al extremo, insiste en los rasgos árabes de Andalucía cuando escribe sus dos obras de teatro, Motamid, último rey de Sevilla18 y Almanzor19; los títulos lo dicen todo.

18Aunque se supone que, en torno a 1912, estaba escrita gran parte Platero y yo, el libro se publicó en dos ediciones de contenido distinto en 1914 y 1917. Fue contemporáneo, pues, de la primera guerra mundial, pero no se vio influido por la frialdad de las primeras vanguardias. Es sabido que Juan Ramón Jiménez, no sólo contornea las vanguardias para no tener que agredir al lenguaje, sino que su labor permitió que la generación vanguardista española, que es la llamada Generación del 27, supiera integrar la renovación en la tradición. José María Izquierdo, del que Juan Ramón incluiría un retrato en Españoles de tres mundos, escribía en Divagando por la ciudad de la gracia: “¿Cabe mayor progreso que ir hacia delante siguiendo la tradición?”20.

19Progresar siguiendo la tradición. Jiménez también estuvo siempre preocupado por el carácter de lo andaluz y se negó a aceptar una Andalucía para turistas, que venía forjándose desde el Romanticismo. Su correspondencia con José Sánchez Rodríguez, aunque se refiera exclusivamente a la poesía, es muy explícita21. Juan Ramón afirma allí que

[Manuel] Reina no siente a Andalucía; su Andalucía es una odalisca, exuberante de raso, de pedrería; la lira de Reina es una lira de brillantez, sobre manzanilla y cantaores; su lira es una guitarra alegre, sobre un pañolón de Manila.

20Prefiere Jiménez la tradición clásica como sostén de la cultura andaluza.

Allí sí que está viva mi Grecia, allí, en mi Moguer andaluz de la Andalucía baja. Todo lo moguereño es allí griego. Tartessos, Monsurium, al lado de la laguna infernal de Palos, junto al templo de Minerva es mi campo de Longo22.

21Esta filiación de lo andaluz en la cultura griega no es una exclusividad de Juan Ramón Jiménez. En 1915, entre otros, un intelectual y poeta andalucista, Alejandro Urrutia, publicaba un libro de poesía en el que, a través de un fortísimo hipérbaton, se lee:

[…] harmonía suprema y amable,
suprema elegancia,
culto de la forma, algo de lo antiguo
en lo nuevo, de Grecia pagana;
reposo, silencio, sosiego,

mansedumbre, calma,
y no desbordado ímpetu por eso
que es nuevo y que arrastra
a otros por ser nuevo, todo en rica gama,
Madre Andalucía, llevas en los lejos
y ocultos del alma […]23.

22Junto a la reivindicación de la cultura clásica griega, encontramos aquí la consideración de una Andalucía tradicional y reflexiva, frente a la habitual imagen bullanguera de fiesta y ruido. También José María Izquierdo o Felipe Cortines Murube, entre otros, defienden una idea de Sevilla y Andalucía alejada del bullicio y de lo flamenco. Cortines se refiere a los días de la feria de abril como un período en el que « la ciudad parece loca, con inquietud de vida absorbente o desbordada, y más fuera o más dentro de sí que nunca »24.

23Pero, además, Juan Ramón Jiménez no podía olvidar lo que un importante erudito al que conociera a poco de llegar a Sevilla, en el Ateneo, Francisco Rodríguez Marín, bajo el seudónimo de El bachiller de Osuna, escribiera en 1893:

¿Cuándo fueron los cantos populares
de la Bética insigne ese flamenco
que se vende a extranjeros paladares?
…………………………………………
¿Sinónimo andaluz es de gitano?
¿O es que el café cantante impone leyes
y borra lo genuino, lo paisano?
…………………………………………
Los que cantan y bailan por dineros
andaluces no son; son traficantes
y del baile y del canto jornaleros.

Escúchense en el campo a los amantes
labriegos del país, que cantan… ¡gloria!
como cantan los pájaros errantes.

24La antología de coplas amorosas que publique Rodríguez Marín en 1929 se llamará, y no inocentemente, El alma de Andalucía25. Unos años antes, de la mano de José María Izquierdo o de Blas Infante, se había hablado del ideal andaluz. Y Manuel Ruiz Lagos, explicando el pensamiento de Izquierdo asegura que, para que brote un renacimiento cultural en Andalucía es necesario vivificar al pueblo.

Porque nuestra ciencia andaluza no es tal, sino sabiduría. Nuestra filosofía, como nuestra poesía – alada, ingrávida, serena, diáfana – es el saber no aprendido, el tácito y hondo sentir del pueblo; un algo difuso y difundido, espontáneo y vivo, que no ha llegado a concretarse26.

25La revista Bética insistirá en la importancia de lo campesino, pero también de los campesinos, para el entendimiento y la definición de Andalucía. Igual sucede con otras revistas andalucistas, como la titulada simplemente Andalucía. Según explica Jacobo Cortines Torres, “muchos de los colaboradores de Bética escribieron en las páginas de Andalucía. Los socios del Centro Andaluz [del que era órgano esta última] y del Ateneo [que más o menos oficialmente patrocinaba la primera] coincidían en su mayor número”27. En una carta de marzo de 1912, Juan Ramón se interesa por la revista Andalucía, más marcadamente política que Bética, y deja entrever que la lee regularmente28.

26Ya hemos visto la importancia que el concepto de pueblo tiene para Rafael Altamira y luego para los andalucistas. Sabemos bien que hay varios significados de la palabra pueblo. Podemos considerar al conjunto de personas de una entidad administrativa, a los componentes de un país independiente, o referirnos a una población de menor categoría. Los tres conceptos confluyen en el pensamiento de José María Izquierdo, porque con los tres hay que hacer Andalucía. Especialmente importa el significado político, que se define a partir del administrativo y se asienta en el geográfico. La discusión sobre el concepto sigue viva hasta el punto de que en un libro reciente, un ensayista escribe: “A la pregunta ¿Qué es el pueblo?, hay que responder naturalmente con otra pregunta: ¿contra quién se constituye el pueblo?”, y explica que todos los elementos que se discuten si constituyen o no el pueblo, “sólo poseen sentido políticamente a partir del momento en el que se dibuja un exterior al pueblo, potencialmente hostil”29. Pero en estos escritores el concepto de pueblo no está aún suficientemente decantado y tiene mucho de la tradición literaria idealista.

27En un artículo escrito entre 1906 y 1908, recogido en …Por la parábola de la vida, el alma de un Hamlet redivivo o de un nuevo Segismundo, vaga por la tierra triste y pensativa. Se desencanta de la urbe, por su “ambiente enrarecido, saturado de egoísmos y ensombrecido por la hipocresía”. Decide desplazarse al agro y acude “a un pueblecito andaluz, alegre y claro” próximo al mar, donde todo se ofrece como un paraíso. Sin embargo, “el in Arcadia edo, tornóse bien pronto en el Arcadia fuit. Los detritus de una seudocultura esporádicamente esparcidos no despojaron a los rústicos de su rudeza y les privaron, en cambio, de su ingenuidad… El campo quedó siendo para el visionario una verde esperanza…”30.

28Un lector de Platero y yo habrá comprendido inmediatamente que hay una clara identidad sentimental entre este contemplador de José María Izquierdo y el poeta juanramoniano. Para el narrador del libro, Moguer debería ser la Arcadia acogedora, pero el resultado es que está habitado por gentes, en su mayoría, rústicas y sin ingenuidad. El campo, como aldea contrapuesta a la corte, no es para Juan Ramón Jiménez, como para Izquierdo, sino una verde, por inmadura, esperanza. Si seguimos leyendo al autor sevillano, vemos que una aparición le dice al contemplador, un sujeto mitad paseante de Karl Gottlob Schelle, mitad flâneur parisiense:

Ni ames ni odies, sé cortés. No aspires a ser héroe, ni a sabio, ni a santo. Conténtate con ser discreto e higiénico. No rías a carcajadas, ni a lágrimas vivas llores. Nunca los extremos rompan tu equilibrio; ni los placeres te arrebaten, ni las mortificaciones te consuman. Goza por entero la dicha que se te presente sin tú buscarla; gózala a solas, sin dar participación a nadie; pero gózala con medida. Si la vida es un sueño, ni sueñes más de lo que vivas, ni vivas más de lo que sueñes. Cual mero espectador, contémplala pasar, impasible…31

29Esta moral senequista también le conviene al poeta de Platero, pero aún más nos aproxima a él el parlamento pronunciado por una visión que a su vez le sale al paso al contemplador. Le advierte que hay un dolor sublime del que no debe huirse, el de la plenitud del sentimiento, la melancolía. Y le explica cómo duele “el conocimiento de la verdad de la vida”, pero alegra “la emoción estética de la belleza”. Y ese dolor “mucho tiene de poesía y mucho también de religioso”. La conclusión es

No busques la dicha en una sociedad convencional y odiosa, en la paz bucólica que han fingido poetas cortesanos, sino en la paz de tu conciencia. La felicidad no se encuentra en los deliquios del cerebro, sino en el amor del corazón. […] Las fórmulas abstractas de la ciencia son meras petrificaciones, si no se hacen tangibles, […] si el arte no las hace entrar en la vida real, que todos vivimos y observamos32.

30Platero y yo surge, pues, cuando el poeta está imbuido de la necesidad de una reivindicación de Andalucía, de su interpretación y de su cultura, a partir del estudio y la representación de un ser campesino y de su pueblo. No quiero decir que sea un libro político partidista, sino que debe entenderse desde ese compromiso intelectual compartido con otros escritores andaluces del momento. Por ello, tal vez Juan Ramón Jiménez no gustó mucho luego de Platero y yo. Él sabía que no era tan puro, tan separado del mundo real, como la crítica ha repetido, sino que estaba comprometido con la reflexión regionalista.

31Si considerásemos el concepto de dispositivo, que desarrolló Michel Foucault y sobre el que ha vuelto recientemente el filósofo italiano Giorgio Agamben, quien lo define como “cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interpretar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes”33, podríamos afirmar que el andalucismo es el dispositivo que afecta a Platero y yo, sirve, como diría Régis Debray, de mediador, condiciona el interpretante, en términos de Peirce.

32Pero esa ideología inspiradora de fondo tenía que llegar a formularse. Para ello, Juan Ramón acude a la estética que permite salir del Simbolismo a los escritores franceses autodenominados “naturistas”, a cuyo frente se encuentra Saint-Georges de Bouhélier. Un grupo al que, en algún momento, se deja incorporar el propio André Gide cuando publica el canto a la vida natural que es Les nourritures terrestres, libro que, a los escritores andaluces afrancesados, como el Juan Ramón de los años diez, no podía pasar desapercibido, máxime con el elogio que hace de ciertos lugares de Sevilla. La declarada búsqueda de los sentimientos profundos, pero simples, enfrentaba ambos libros – el de Gide y el de Jiménez – a la literatura del momento. “J’écrivais ce livre à un moment où la littérature sentait furieusement le factice et le renfermé ; où il me paraissait urgent de la faire à nouveau toucher terre et poser simplement sur le sol un pied nu34.

33Sé bien que esta frase pertenece al prólogo que escribió Gide en 1927, pero resume su intención anterior. El naturismo35 pretendía un equilibrio entre tradición y presente, pero también entre vida interior y vida exterior, para ello, lingüísticamente, era necesario recuperar la simplicidad expresiva y, con ella, la claridad desde la humildad. La estética es, pues, una ética.

34El sentido ético de la operación estética es capital en la obra juanramoniana y, está presente ya en el sentido del sujeto y la naturaleza de Platero y yo. Culminará en la famosa conferencia Política poética, de 1936, que concluye: “Al lado del trabajo, y en el ocio y el sueño, es decir, nuestra vida, completa, trabajará, descansará y soñará con nosotros, como una realidad visible, la Poesía”36.

Notes

1 Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, « La flor de la vida », in Teatro Completo, vol. 14, Madrid, Imprenta Clásica Española, 1926, p. 155.

2 Citado por Luis Uriarte, El retablo de Talía, Primera serie, Madrid, Imprenta Española, 1918, p. 19. La dedicatoria se suprimió en el Teatro Completo. Sobre los Álvarez Quintero puede verse el libro de Mariano de Paco, El teatro de los Hermanos Álvarez Quintero, Murcia, Universidad de Murcia, 2010.

3 Rafael Altamira, « España romántica », in Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, Teatro completo, vol. 20, Madrid, Imprenta Clásica Española, 1927, p. 136. El artículo vuelve a recogerse en el libro de Rafael Altamira y Crevea, Arte y realidad, Santiago, Empresa Letras, 1936, p. 72-76.

4 Véase el capítulo 5 de Rafael Altamira, Psicología del pueblo español, Madrid, Biblioteca Nueva, 1997. Los presupuestos teóricos que se manifiestan en Altamira al hablar de literatura los estudia José Carlos Mainer, « Rafael Altamira y la crítica literaria finisecular », in AA.VV., Estudios sobre Rafael Altamira, Alicante, Instituto Juan Gil Albert, 1987, p. 141-162.

5 Véase Vicente Ramos, Rafael Altamira, Madrid, Alfaguara, 1968.

6 Recoge los artículos Pedro José Sánchez Gómez en su libro José María Izquierdo. Obra última (1913-1922), Sevilla, Pedro J. Sánchez Gómez, 2010.

7 Juan Ramón Jiménez, Primeros poemas, éd. Jorge Urrutia, Sevilla, Point de Lunettes, 2003. Véanse ahora los libros de Antonio Martín, Juan Ramón Jiménez 1881-1900. Una biografía literaria (Huelva, Ayuntamiento de Huelva, 2007) y Rocío Fernández Berrocal, Juan Ramón Jiménez y Sevilla (Sevilla, Universidad de Sevilla, 2008). También la nueva publicación biográfica de Antonio Campoamor González, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Años españoles (1881-1936), Sevilla, Universidad Internacional de Andalucía, 2014. Hay algún dato interesante en María de Pablo Romero, Historia del Ateneo de Sevilla 1887-1931, Sevilla, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos, 1982.

8 Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, éd. Jorge Urrutia, Madrid, Biblioteca Nueva, 1997.

9 Las relaciones de José Muñoz San Román con los poetas de su tiempo, especialmente los sevillanos, se enumeran en el libro de Daniel Pineda Novo y Juan J. Antequera Luengo, Muñoz San Román y Sevilla, Excmo. Ayuntamiento de Camas, 1983.

10 José María Izquierdo, Divagando por la ciudad de la gracia, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1978, p. 237.

11 Jacobo Cortines Torres, Índice bibliográfico de “Bética, revista ilustrada” (Sevilla 1913.1917), Sevilla, Diputación Provincial, 1971, p. 15. Jacobo Cortines, además de publicar los índices de la revista, hace un excelente estudio de los fundamentos intelectuales de la misma y redacta la primera historia moderna del regionalismo andaluz.

12 José Hurtado Sánchez, Juan Ortiz Villalba y Salvador Cruz Artacho, “Bética” y el regionalismo andaluz, Sevilla, Centro de Estudios Andaluces de la Consejería de Presidencia, 2013, p. 14 sq.

13 Ya me referí a la importancia de Francesc Cambó para el surgir de los distintos nacionalismos y regionalismos españoles y la fundación de las revistas respectivas en El novecentismo y la renovación vanguardista, Madrid, Cincel, 1980, p. 26 sq.

14 Blas Infante, El ideal andaluz, éd. Enrique Tierno Galván, Juan Antonio Lacomba, Madrid, Túcar, 1976.

15 José María Izquierdo, Divagando por la ciudad de la gracia, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1978, p. 71.

16 Ibid., p. 197.

17 José María Izquierdo, …Por la parábola de la vida, Sevilla, Ateneo, 1923, p. 77.

18 Blas Infante, Motamid, último rey de Sevilla, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1983.

19 Blas Infante, Almanzor, ed. Josep Esquerrà Nonell, Kragujevak, Centar Slobodarskih Delatnosti, 2012.

20 José María Izquierdo, …Por la parábola de la vida…, op. cit., p. 171.

21 José Sánchez Rodríguez, Alma andaluza, éd. Antonio Sánchez Trigueros, Richard A. Cardwell, Granada, Universidad de Granada, 1996. Véase Jorge Urrutia, Las luces del crepúsculo. El origen simbolista de la poesía española moderna, Madrid, Biblioteca Nueva, 2004, p. 165 sq.

22 Juan Ramón Jiménez, « El poeta en Moguer », in Elejías andaluzas, éd. Francisco Garfias, Barcelona, Bruguera, 1980, p. 67. Sigue siendo útil para la comprensión de la obra de Juan Ramón escrita en los años diez el libro de Manuel Ángel Vázquez Medel El campo andaluz en la obra de Juan Ramón Jiménez, Sevilla, Caja Rural Provincial, 1982. Dominique Grard estudia la temática andalucista en la novela a lo largo de su libro Imágenes de Andalucía y sus habitantes en la narrativa andaluza de principios del siglo xx (1900-1931), Sevilla, Don Quijote, 1992.

23 Alejandro Urrutia, Versos, Córdoba, Giménez, 1915, p. 205.

24 Felipe Cortines Murube, Elogio de Sevilla, Madrid, Fortanet, 1916, p. 9-10.

25 Francisco Rodríguez Marín, El alma de Andalucía en sus mejores coplas amorosas escogidas entre más de 22.000, Madrid, Tipografía de Archivos, 1929.

26 Manuel Ruiz Lagos, País andaluz, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1978, p. 86.

27 Jacobo Cortines Torres, Índice bibliográfico…, op. cit., p. 55.

28 Juan Ramón Jiménez, Epistolario I. 1898-1916, Madrid, Residencia de Estudiantes, 2006, p. 324.

29 Sadri Khiari, « El pueblo y el tercer pueblo », in Alain Badiou, Pierre Bourdieu, Judith Butler, et al., ¿Qué es el pueblo?, Madrid, Casus Belli, 2014, p. 116.

30 José María Izquierdo, …Por la parábola de la vida…, op. cit., p. 4-5.

31 Ibid., p. 8-9.

32 Ibid., p. 17.

33 Giorgio Agamben, ¿Qué es un dispositivo?, Barcelona, Anagrama, 2015, p. 23.

34 « Escribí este libro cuando la literatura olía furiosamente a artificial y a cerrado; cuando me parecía urgente hacerla de nuevo tocar tierra y posar simplemente el pie desnudo en el suelo ». André Gide, « Préface à l’édition de 1927 de Les nourritures terrestres », in Romans et récits, Paris, Gallimard (coll. « La Pléiade »), 2009, p. 249.

35 Véase Michel Décaudin, La crise des valeurs symbolistes, Genève, Slatkine, 1981, p. 58-80.

36 Juan Ramón Jiménez, Política poética, Madrid, Instituto del Libro Español, 1936.

Pour citer ce document

Jorge Urrutia, « Hacia la significación ideológica de Platero y yo » dans « Juan Ramón Jiménez: tiempo de creación (1913-1917) », « Travaux et documents hispaniques », n° 8, 2017 Licence Creative Commons
Ce(tte) œuvre est mise à disposition selon les termes de la Licence Creative Commons Attribution - Pas d’Utilisation Commerciale - Partage dans les Mêmes Conditions 4.0 International. Polygraphiques - Collection numérique de l'ERIAC EA 4705

URL : http://publis-shs.univ-rouen.fr/eriac/index.php?id=168.

Quelques mots à propos de :  Jorge Urrutia

Universidad Carlos III de Madrid